In Memoriam

Ya se que escribo más de temas serios, tristes, personas que se han ido, pero es que yo escribo lo que me pide el cuerpo y la mayor parte de las veces es conseguir que no se olvide a personas, recuerdos, momentos, porque como siempre se ha dicho, lo escrito se lee, y las palabras y los pensamientos, se los lleva el viento.

Hacía algún tiempo que no se nos iba una persona joven en Boñar. Por desgracia, esta semana nos ha vuelto a sacudir la partida anticipada de una persona para la que aún no era su momento, o al menos no lo era desde nuestro punto de vista, pero al parecer si, desde el punto de vista celestial. Se nos ha ido nuestro querido muñequito (es su apodo, pero es que el cariño hace tratarle así y no por su verdadero nombre, que es Jose Antonio).

Todos tenemos un día, una hora, señalados en el calendario, y ese día, vamos en su búsqueda, o al menos eso es lo que yo opino.

Nunca estamos preparados para la pérdida de nuestros seres queridos, porque nuestra cultura nunca ha sabido enseñarnos a asumirla y a aceptarla como lo hacen en otras culturas, quizá por eso duele tanto cuando se produce.

En los pueblos se viven estos momentos de forma diferente, supongo que porque hay más tiempo para poder dedicarlo a las tradiciones.

Salvo este año anterior que, por desgracia para todos, hemos perdido muchas personas y lo más duro, no hemos podido acompañarlas en sus últimos momentos ni en su último adiós, algo que en la vida se nos va a olvidar, porque si dura es la pérdida, más duro es saber que se han ido en soledad, lo normal es pasar el duelo acompañado de tus seres queridos, familia y amigos.

Antiguamente se velaba en las propias casas, algo que con los años se ha trasladado a los tanatorios, para el “mejor” descanso de las familias.

Esas horas en los tanatorios, que yo siempre he considerado muy difíciles, ya me he dado cuenta que son necesarias, por qué, porque necesitamos despedirnos. Cierto es que, por las personas, lo que hagas en vida, eso no cabe duda que es la mayor verdad y lo que realmente vale, pero parece que si no nos despedimos, es como que nos falta algo y como que quien se va no lo hace como debiera. Es algo importante para muchas personas y por eso hay que hacerlo, aunque nos duela.

El siguiente paso es el ir a la misa de despedida. Y aquí es cuando viene una pequeña diferencia respecto a las ciudades.

Las funerarias ponen un coche a disposición para el traslado, pero lo habitual y también lo más desgarrador es que amigos y familiares digan no, aquí están mis hombros para su traslado.

En Boñar el tanatorio está donde las antiguas escuelas y la Iglesia en la plaza. Creo que poco hay tan desgarrador y a la vez tan emocionante, que te parte el alma y te encoge el corazón, como ver al finado en su féretro mecido a hombros por sus seres queridos bajar por la calle del Imperial hasta acceder a la plaza y desde ahí hacer la entrada en la Iglesia.  Eso pasó de nuevo esta semana.

Cuando llegamos al mundo, lo que más nos reconforta son los brazos de nuestros padres, el que nos cojan y nos tengan en su regazo. Creo que por eso cuando nos vamos, también es una forma de, al ir a hombros, decirle a quien se va, no te preocupes, aquí estamos contigo, te protegemos y te cuidamos y te acompañamos hasta tu nueva morada.

Han sido tantas veces, tantas personas las que se nos han ido, tantas veces las que hemos vivido esto, que si fuera por lo que dicen de las costumbres, uno debería ya estar acostumbrado, pero no, es imposible, quién puede acostumbrarse a esto.

Mi cabeza tiene momentos muy duros grabados a fuego de momentos de pérdida (evidentemente, los familiares de uno siempre son los más complicados, y los de los amigos más cercanos). Todos son malos, pero cuando es de personas jóvenes, ufffffff, qué difícil se hace asimilarlo y aceptarlo.

La primera persona joven que yo ví partir y que me causó un impacto para toda mi vida fue Helia. Tan niña, tan joven, y verla ahí en su cajita blanca, cuando era yo todavía una niña, fue algo que no olvidaré en la vida. Tuvieron que pasar muchísimos años hasta que fui capaz de ver a una persona dentro de un féretro, no era posible, era incapaz. Con los años vas haciéndote más duro y vuelves a lograrlo e incluso hasta eres capaz de dar un beso a quien ya está dentro, y sientes ese frio helador que te traspasa el alma al sentir su cuerpo congelado, pero lo necesitas y lo haces.

Han sido tantos jóvenes los que se fueron, por enfermedades, por accidentes, que no quiero poner nombres, porque no quiero olvidarme de nadie.

A mi madre siempre le he oído contar el día que falleció mi abuela paterna, Sagrario. Ese día, no solo se fue ella, se fue también mi tio abuelo Miguel, marido de mi tia abuela Tina. Ambos tras una dura enfermedad y sufrimiento. Siempre me ha impactado esa historia, por qué, porque mi madre dice que fue desgarrador ver bajar desde la casa donde el Ayuntamiento al tio abuelo Miguel, y subir desde la calle San Roque a mi abuela Sagrario, a hombros ambos, y llegar a la vez a la plaza, juntarse y entrar juntos a la Iglesia. Son momentos que yo no viví, evidentemente, porque aún no estaba en este mundo, ni estaba siquiera en el pensamiento, de hecho, llegué no mucho después, y sin ser buscada, porque se ve que decidí que quería venir a este mundo y tomé la decisión por mi cuenta, pero es como si fuera capaz de sentirlos y vivirlos igualmente con su relato.

En fin, no voy a poner más nombres, que se me está haciendo nudo en la garganta.

En la Iglesia uno se va despidiendo poco a poco y llegan las canciones, que si bien mi tio y el coro cantan como ángeles, hay dos en concreto, que a mi ya me dejan destrozada, las dos últimas, que si yo soy llorona de serie, con ellas para mi es imposible aguantar las lágrimas.

De la Iglesia se va al cementerio, antes siempre a hombros, ahora normalmente en el vehículo de la funeraria.

Y llega el momento más duro y más difícil, cuando la persona que se ha ido entra en su morada, para no verla jamás, salvo en fotos, videos o en tus recuerdos, y aunque sabes que ya está en un mundo mejor, a ti se te rompe el corazón y el alma. Es como si hasta que no llega ese momento, aún te quedasen esperanzas que todo lo que estás viviendo realmente no ha pasado, te vas a despertar y solo habrá sido un mal sueño o una terrible pesadilla, pero por desgracia no es así y la vida te da bofetada tras bofetada.

Yo siempre he dicho que por qué no habrá un botón para que podamos darle y que nos fuésemos todos a la vez, para no pasar por estas pérdidas, porque no se a los demás, pero a mi, según voy cumpliendo años, cada vez se me hacen más difíciles, más duras y más incomprensibles. Será que me estoy haciendo mayor y voy viendo que cada vez se acerca más esa cruel zarpa.

Hoy he querido escribir esto, que se que es triste y duro, pero también considero necesario, porque no siempre podemos estar físicamente para despedirnos de las personas cuando se van, aunque lo estemos espiritualmente, sobre todo este último año y medio o por motivos laborales o circunstanciales, que nos impiden hacer lo que realmente queremos, que es estar ahí, acompañando, apoyando y añadiendo nuestro ser a esas personas que se van y a esas personas que se quedan destrozadas y abandonadas por sus seres queridos, por nuestros seres queridos.

A todas las personas que se han ido, mi más sincero respeto, cariño y os deseo que esteis realmente en un mundo mejor, donde no exista sufrimiento, ni dolor, todo sea maravilloso y os sintais por fin felices, tranquilos, y en paz.

A todas las personas que aún seguimos aquí, acordémonos de estar con quienes queremos y amamos, acordémonos de demostrarnos lo que sentimos, acordémonos que cualquier detalle, hasta el más mínimo, hace mucho más bien, que cientos de “qué bueno era”, cuando ya te has ido.

Las muestras de amor y cariño, las flores, los detalles, en vida. Después, aunque también los demos y los aportemos, para los que se han ido, ya no los podrán sentir como de vivos, que sí de espíritus, porque estar están, aunque no los veamos.

Este mi escrito de hoy, en honor a todos los que se nos han ido, para que en paz descansen y en gloria estén, por los siglos de los siglos, Amén.

Os queremos – Os añoramos – Os extrañamos – Por siempre

¡Hasta Siempre – Hasta el Cielo!

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