Mis 47 Años de Vida Boñaresa

Escribir implica recordar y que no se olviden los recuerdos, por eso voy a tratar de retrotraer mi memoria e intentar plasmar aquí todo lo que mi mente aún no ha eliminado, para evitar que esto también se pierda y así, si alguna vez dejo de ser yo, poder leerlo.

Voy a hacer como la abuela de aquella serie “Las chicas de oro”, imaginad, Sicilia, año 1920, pues en mi caso es, imaginad, Boñar, año 1974, tal día como el 11 de octubre, a las 3:30 de la madrugada, decidí venir al mundo en el hospital de León. Yo ya tuve la suerte de nacer en un hospital (algunas generaciones anteriores, nacían en las casas o donde podían). Al parecer y según me contaron que dijo mi tio abuelo Baltasar, nunca había visto un bebé tan guapo al nacer, y es que, en fin, el amor familiar es lo que tiene, que siempre nos ven guapos.

He de reconocer que de mis primeros dos años no tengo ningún recuerdo y se puede decir que tampoco fotos (este es un trauma de la infancia que siempre les echo en cara a mis padres, je je je je). Como se gastaron tantas en mis hermanos, cuando llegaron a mí ya se ve que no tenían ganas de sacármelas.

A partir de los tres años sí que puedo anotar cosas, porque fue cuando comencé en parvulitos. Por aquel entonces se empezaba con cuatro años, pero como yo soy de octubre, me tocó con tres. Es curioso los datos que atesora la mente. Tengo grabado a fuego el primer día cuando mi madre me llevó, aquellos muros de las escuelas me parecían enormes (hoy los veo y digo, por Dios, si son enanitos), pero sobre todo recuerdo muchísimo cuando se cerró aquella puerta y comencé a llorar como si me fuera la vida en ello, porque me dejaba mi madre allí abandonada. Otro dato que me ha quedado grabado es que cada niño llevábamos un juguete, en mi caso un cuadrado de plástico, de esos que tienen agujeros por los lados con las diferentes figuras y con las piezas que incluyen esas formas para meterlos a través de ellos, para ir identificando las diferentes formas geométricas. Ese juguete al final del curso se dejaba en el cole para que otros niños lo disfrutaran. Yo no lo entendía y tampoco me hizo ninguna gracia tener que dejarlo. Mi primera profesora fue doña Manolita, la recuerdo muy bien y desde aquí la pido mil perdones, porque desde entonces, es el día de hoy que la veo por la calle y no lo puedo evitar, pero me cruzo de acera, porque otro de mis recuerdos grabados a fuego es estar sentada en una mesa, extremadamente callada, como he sido yo siempre, porque aunque no lo parezca era y soy una persona muy tímida, estar su hija pequeña en la misma mesa, que aunque era un año mayor entraba a nuestras clases de vez en cuando, estar ella hablando, venir su madre, mandarme poner la mano con la palma y los dedos hacia arriba y darme un reglazo a mí por hablar, cuando no había abierto nunca la boca. De ahí pasé al que creo ha sido el mejor profesor que he tenido en mi vida, don Paco, marido de doña Manolita, todo dulzura, que nos llevaba a aquella aula donde teníamos xilófonos y otros instrumentos musicales. Los recreos los pasábamos jugando y corriendo. Recuerdo que de aquella yo era la “novia” de Claudio, ja ja ja ja, quizá de ahí la unión tan especial que hemos tenido toda nuestra vida, siempre me has llevado de la mano, como tú dices ;-). Éramos unos cuantos chavalines, aunque ya no recuerdo los nombres de todos la verdad. Algo que también pensé durante mucho tiempo que era una cosa que había soñado y resultó que no, que había ocurrido de verdad, es ver entrenar allí en las escuelas a Roberto Castañón el boxeador. De esos años en las escuelas ya no tengo más recuerdos así grabados de forma intensa.

Pasaré ahora a mi calle San Roque. Aquí si que me tengo que explayar. Nosotros vivíamos en el número 15, justo la casa que hace esquina con el caminín en su mano izquierda si miras hacia la estación. En el piso de arriba vivían mis tíos y mi primo y en el de abajo nosotros; mi abuelo Cruz (Arroyo para todo el mundo), era el único que yo conocí por parte paterna, porque mi abuela Sagrario falleció al poco de nacer mi hermano, vivía con ambos. En nuestra mano, hacia la derecha, Saturnino y Loli con sus hijos, Luisa y Maximino, Mari y Toño con sus sobrinos, la señora Digna,  Aurelio, su mujer y su gato siamés sin uñas Casimiro, Nano, su mujer y sus hijos. Enfrente de nuestra casa el señor Juanito y la señora Aurora, Lourdes y Berto con sus hijos, Chon y Chencho, Carmina y Vido con sus hijos, Belén y su marido, en la esquina Frutos y su familia, Eli, Lali y su familia y Casilda, su marido y su hija. A la derecha de las casas estaba la Seat, donde vivían todos los hermanos con sus respectivas mujeres e hijos, Tina y Colás y la siguiente casa era la de tía Piedad y tío Isaías. A su derecha el Moreno, su mujer y sus hijas, Hossany, con su bombona de oxígeno y su mujer, Conchita y Saúl y la señora Pulia y Bienvenido.  Hacia la izquierda, por el caminín, el chalet de Ramos y a la otra mano, el chalet de los Cavia (aquel piano negro tan bonito que tenían), la tía Nisa, con Mari y Gono, el señor Colás, la señora María y sus hijos y nietos. Seguido la huerta de Mª Jesús, Pedrito y sus hijos. Entrando en el camino, Mariano, Eloina y sus hijos, y hacía la izquierda la gran Teresa, la de talcos, con sus mastines. Enfrente vivía Cova con sus hijos y sus gallos de colores, Patata, con sus hijos y nietos (los Tena), Braulio, su mujer, sus hijos y sus mastines, Pantaleón, su mujer y su hija, luego la fábrica de talcos y la estación donde vivía y tenía el bar la señora Consorcia (con su frase memorable, hala que en casa estais faltando y aquí estais sobrando, cuando quería echar ya a la gente del bar). Enfrente la familia Aldeiturriaga con su empresa de mármoles y luego para cerrar el círculo, Chencho, su mujer y su hijo, con su negocio de ebanistería, otras familias que no recuerdo sus nombres, la familia Soto al completo, la familia de Julita, Doro y sus hijos, Foro, su mujer y sus hijos, Maxi, Gelita y sus hijos y cerrando la esquina, la familia de los Nicanores. Por la parte de atrás, Gaspar, Esther y sus hijos y alguna otra familia que no me acuerdo ya del nombre.

En la calle San Roque no podías decir que eras de esa calle si no te habías caído a la presa. Para no ser menos, allá que fui yo y mi hermano detrás de mí a sacarme, que ya ves tú, ambos canijos y con un año de diferencia, dónde íbamos, menos mal que mi madre estaba súper pendiente y nos sacó a ambos, porque si nos llegamos a colar para la parte que estaba cerrada, no lo contamos.

Los mejores años de mi vida los pasé en mi calle y en la calle de la estación. Éramos tantos niños y pasábamos tantas horas por la calle, que era imposible aburrirse. Por aquel entonces las llaves se dejaban en las puertas de las casas, entrabas y salías de todas sin problemas, todo era de todos, en el buen tiempo podías estar hasta las tantas de la noche jugando al escondite, o a pillar, o a mil juegos infantiles, que no te pasaba nada y tus padres te dejaban alegremente. Esos partidos de fútbol en las huertas entre nuestra calle y la estación eran memorables. Hacíamos casetas, cogíamos frutas de los árboles, piritas y piedras de talcos, correteábamos entre las vías del tren, nos colábamos en el chalet de Ramos a jugar con las hojas, íbamos de acá para allá con las bicicletas, qué más se puede pedir, teníamos el mundo por montera y la parte mala solo fue que éramos tan tontos que queríamos crecer a toda prisa para hacernos mayores, qué equivocados estábamos, si lo llegamos a saber, nos aferramos a aquellas edades y de ahí no nos mueve nadie.

Hay cosas que no se te olvidan. Una de ellas fue cuando aprendí a andar en bici. Teníamos una bicicross pequeña, que iba pasando de unos a otros, hasta que me llegó a mí. Me enseñaron a montar mi hermana y Tenina (Javi), que para mí era como un hermano mayor, calle arriba calle abajo hasta que me soltaron y logré ir sola.

Otra cosa imborrable, cuando aprendimos a nadar. Mi madre nos llevaba a la piscina a hacer aquellos cursillos y cuando salías de aquella agua helada, con los labios y cuerpo cuan pitufo, siempre tenía su termo de cola cao súper caliente para que entráramos en reacción, además de las toallas por encima y la correspondiente tiritona, pero oye, vaya que si aprendimos, y en una piscina olímpica que teníamos en el pueblo. Había que aprender de todo para saber defenderse.

Al ir siendo un poco más mayorina, ya se me asignaron mis tareas diarias, que cumpliría religiosamente hasta que me fui a la universidad. Ir por la mañana con mi lecherina a casa de Pablo a por la leche del día (Noelia con la suya a casa de Manolo el del burro y yo con la mia), ir después de comer con mis dos botijines al cañín a por agua (en invierno poco rato y en verano durante mucho más tiempo; alternando con otros visitantes y las vacas, así como con las visitas a Nina para que no me cortara el agua; también estaban Toño y Luís, que se encargaban de limpiarlo), ir a comprar el riquísimo pan a casa de Pepe y Pilita, donde trabajaba en los veranos su primo Luís y salir siempre con un colín para ir comiendo por el camino, ir al zorro a por vino cuando tocaba, que esto no era a menudo, solo cuando mi padre y hermano salían a cazar, limpiar los zapatos en la calle con el betún y sacarles brillo, como había viso a Frutos tantas veces al pasar por delante de su taller de zapatería, ir una vez al mes a casa de tía Piedad y tío Isaias a pagarles el alquiler de la cochera y esto ya nos tocaba a todos, aspirar, lavar y adecentar el coche hasta que no quedaba ni un solo punto que no fuera propio del vehículo. Meticulosidad desde que comenzaba el día hasta que acababa.

Hay olores que se te quedan guardados a fuego en la mente y que cuando los vuelves a oler te llevan de nuevo a la infancia.

Recuerdo que cuando era pequeñina siempre llevaba el pelín al estilo paje, y lo tenía tan rubio que parecía albina. Nunca fue uniforme, parecía que tenía mechas, de hecho, a mi madre que es peluquera, le decían que si me lo teñía.

Lourdes dice que su primer recuerdo de mi es verme tan delgadina, tan encogidina (ya he dicho que era y soy muy tímida), con ese pelín a lo paje, que parecía que no comía caliente. Me he reido mucho con esto.

Una vez de pequeña decidí que me hacía ilusión cortármelo yo y allá que metí la tijera en el flequillo, dejándomelo monísimo, de lo que da fe la siguiente foto (de la comunión de mi hermana, vamos, que escogí buen día para arreglarme), menos mal que mi madre me lo subsanó después, jajajaja.

Todas las fotos que tengo de pequeña, no de muy pequeña, como ya dije, estoy escondida detrás de alguien, eso, o con el dedo en la boca. De hecho, en mi casa siempre fui petetonín, porque nunca usé chupete, yo me chupaba el dedo gordo derecho, lo hice hasta bien mayor, y como solo lo metía en la boca, pero no lo debía de chupar, pues no me mermó, si no hoy estaría diminuto respecto al de la otra mano.

Una persona de la infancia que me marcó mucho fue Don Julio. Pasaba todas las mañanas delante de la ventana de la cocina cuando hacía su paseo, picaba y me decía, te cambio el canario por mi chalet y yo, ilusa y tonta de mí decía, no no, el canario es mío. Con lo que me ha gustado a mí siempre su chalet después, mira que no me he arrepentido veces de no habérselo cambiado. De la bronca que me echó una vez, ya siendo más mayor, que estaba yo practicando con una carabina a dar en la diana con los perdigones, me vio, se enfadó y me dijo que la dejara ipso facto, que las armas las cargaba el diablo y vamos, no la volví a tocar. Adoraba y respetaba a este señor muchísimo. Tanto él como doña Ángeles eran un amor de personas. Algo que se puede decir de toda su familia.

Otro recuerdo imborrable que tengo de cuando era pequeña es de un señor que venía por los veranos y se alojaba en el hostal Nisi, que era de Santander y pasaba también todos los días y me llevaba de la mano hasta las Grecas a comprarme una piruleta y me volvía a llevar a casa. Creo que la mejor sorpresa que me llevé fue cuando pasados los años, ya trabajando en el banco en Boñar, un día entró, le vi y se me saltaron las lágrimas al verle. Él evidentemente ya no me reconocía pero yo no pude evitar salir de detrás del mostrador e ir a abrazarle. Qué ricas me sabían a mí aquellas piruletas. No recuerdo su nombre, ni siquiera se si alguna vez lo supe, pero no me hacía falta saberlo, era tan buena gente.

Los días de diario eran de ir a clase, bajar a comer, volver a clase y por las tardes al salir, jugar en la plaza a la comba, a la goma, a las canicas, o al balón, lo que se terciase. En nuestra época y menos en nuestro pueblo, no había actividades extraescolares como hay hoy en día, pero creo que no todo el mundo puede decir que tuviera la oportunidad de aprender ciencias naturales, geología, geografía, historia, gimnasia, etc, en vivo, acudiendo al pinar de adrados o al soto o al repetidor o al arbolín, o al chivero, o a talcos como nos llevaban a nosotros. Luego llegabas a tu casa y a estudiar antes de merendar, utilizando las enciclopedias o los libros que habías ido a buscar a la biblioteca. En aquellos años tus padres tampoco estudiaban contigo, básicamente porque con trabajar y atender la casa ya tenían bastante. Nos buscábamos la vida. Teníamos tiempo para todo, estudiar, jugar, divertirse y descansar. Los niños de hoy en día, los pobres, no tienen vida.

Los fines de semana jugar, ir a misa el domingo por la mañana, al salir, con la propina que te daban ibas al churrero (en España y en el mundo entero, los mejores churros, los del churrero; bueno, y los helados, y los encurtidos, y todo; qué no estaba bueno allí y encima tanto él como su familia, encantadores), o al kiosco de Amancio y Reyes y disfrutabas de aquellas riquísimas golosinas (luego ya hubo más kioscos en el pueblo). El domingo era el día en el que de vez en cuando también se compraban pasteles, los nicanores o aquellos de merengue de la pastelería donde ahora está la Praillona, propiedad de los padres de Fran, los de Jose y Paquita, o los de Chucho. No recuerdo nada tan rico como aquel merengue, aquellos buñuelos de Jose, o las palmeras recién hechas de Chucho que comprábamos en los recreos de más mayores. Nunca he vuelto a comer nada igual.

Nuestro medio de transporte, o nuestras piernas o nuestras bicicletas, no había otra cosa, con lo cual, muy lejos no podías llegar. Y donde ibas cuando se te estropeaba o pinchaba la bici, donde Pito, como no, que arreglaba absolutamente todo. Pito arreglaba las bicis y don Isidro nos arreglaba a nosotros cada vez que nos escacharrábamos. Lo mío eran los tendones del tobillo, me encantaba sacarlos de sitio y como no, a ver a don Isidro a que me los volviera a colocar. Aquel olor característico de su consulta, que yo recuerdo cuando me echo hoy en día algún ungüento para los tirones, no se olvida fácilmente. Eso sí, te ahorraba la escayola que te ponían por los esguinces si te ibas al hospital en vez de a verle a él y en una semana andabas como nuevo.

La primera vez que fui al mar fue con seis años, a Laredo. Nos llevó mi padre y allí nos quedamos con mi madre, mis tíos y mi primo Álvaro que solo tenía un año. Recuerdo con cariño aquellos paseos matinales con mi madre a la orilla del agua para coger conchas, en los que acababa siempre mojando el culete, a mi primo Álvaro como una croqueta rebozado en la arena, a aquel dóberman que veíamos pasear todos los días, los bañadores con el cangrejo atrás que nos compraron, los paseos de mi hermano llevando a los cangrejos atados con una cuerda por la calle cuan mascotas y los primeros chubasqueros que tuvieron que comprarnos por las fuertes lluvias que tuvimos un día. Como era la primera vez que veía el mar y era tan pequeña, no sabía que era aquello y solo se me ocurrió a mí ponerme en la orilla con la boca abierta al venir una ola, con lo que me tragué lo que no estaba escrito y acabé vomitando hasta la primera papilla. Luego comiendo mi tío se reía diciendo que había tragado abacantos, langostos y canterófilos, para que me lo tomara yo también a risa y no le cogiera miedo al mar, lo cual no hice, porque desde entonces me encanta.

Ser de Boñar es amar la nieve. Allí solo tenemos dos estaciones, el invierno y la del ferrocarril. Cada uno en nuestra casa salíamos a espalar para poder salir de ella y poder abrir acceso a las calles. Rara vez se perdía colegio por las nevadas, aunque también hubo días que no pudimos ir, está claro, pero ya era con nevadas muy potentes. Nosotros no llegamos a vivirlo pero en la época de nuestros padres hasta tuvieron que hacer túneles bajo la nieve. Una vez hecho esto, lo más de lo más era coger plásticos y tirarnos por las laderas del cuartel, que no se como alguien no acabó en el agua más de una vez, o por cualquier sitio en el que pudiéramos hacerlo, que eran múltiples y variados ya que caían auténticas nevadas y no como ahora. Gracias a mi  madre que siempre intentó que pudiéramos participar en todo lo que se nos presentase, empezamos a subir con ella a esquiar a San Isidro. Cuando muchos coches no podían subir, ahí estaba ella con el súper seiscientos o con el Renault cinco llegando hasta la estación (alguna vez también hubo que salir de algún atolladero, todo hay que decirlo). Y los días que no se podía esquiar, dónde acabábamos, en Puebla de Lillo jugando al billar en aquel bar de la esquina en la carretera. Por aquella época la estación no estaba como ahora, era mucho más salvaje, con muchas bañeras y pistas no tan bien adecentadas, pero aprendimos a esquiar por nuestra cuenta, a base de colocar los bastones en las pistas, en la zona llana e ir esquivándolos, pasando luego a ir subiendo y bajando andando, hasta ya pasar a coger remontes, subir y bajar. Mi pista favorita entonces, Peñanevares. De aquella no éramos muchos los que subíamos a esquiar, mis tíos y mi primo, el vinatero y su hijo Carlos, Elba con sus tres hijas, Ferreiro con sus hijos y su sobrino Fran y mi madre con nosotros, luego ya vinieron Gloria y Patri. Evidentemente subía más gente de la zona, pero yo de aquella no les conocía. Con los años y al saber un poco más ya coincidíamos con Nuria Barthe y su familia, con la familia de don Tomás, con Nuria y Mónica las de Barcelona y sus hermanos, etc etc. Comenzábamos la temporada mucho antes de navidad, subíamos todos los fines de semana y todas las vacaciones. Tengo grandes recuerdos de aquellas jornadas, solo la montaña ha conseguido desconectarme como el ir a esquiar. Los primeros esquíes fueron muy básicos, luego ya tuve algunos mejores. Aquellos tubos de leche condensada que tomábamos mientras esquiábamos, aquellos bocadillos de tortilla con queso, aquellos maravillosos días. Un recuerdo con el que siempre me sale una sonrisa es el día que subió Carlos Aldeiturriaga, que decía que era facilísimo lo que hacíamos, se reía de nosotros y dijo que eso lo hacía él con la gorra, se subió a las tablas y no era capaz de ponerse en pie, lo que nos pudimos reir; entre las risas no éramos capaces ni de que se levantara ni de nada. Fueron muchos años esquiando hasta que mi madre se rompió la pierna, tibia y peroné, 9 meses con escayola, correspondiente bronca de mi padre y ahí se acabó toda nuestra experiencia con la nieve. Con los años he podido volver, pero ya no lo he hecho. Fue como una ruptura con una etapa de nuestras vidas.

En este punto me vuelvo hacia atrás, para ir cronológicamente con algunas vivencias.

De pequeña, los domingos por la tarde lo habitual era salir de casa por el caminín, saludar al señor Juanito y la señora Aurora, a la tía Nisa, a Jose Mª Cavia, a Tito Rascón, su mujer y sus hijos, saludar a Mari Marcos y a don Carlos que vivía enfrente (con el correspondiente tirón de mofletes), saludar a Carmina Población y a las Grecas (que me perdonen, pero no recuerdo sus nombres), a la familia Montañés y a Ina, a Pepe Viejo y a Celia, pasar por delante del obrador de los nicanores y embriagarse por el rico olor, a Asún, Pablo y sus hijos, a Rogelia y Jesús, a la familia Casado, a Isabelina y su hermana peinando en la peluquería y enfilar corredera arriba, saludando a Aurora y Remedios, a Luís el municipal, su mujer y sus hijos e ir a casa de mi abuela materna Elisa y mi tía Vivi (mi abuelo materno Manuel tampoco lo conocí porque falleció al poco de nacer mi hermana). Cómo me prestaban esas tardes. Me encantaba ponerme los zapatos de tacón de mi tía, merendar salchichón o las galletas de tostarica, ir con ellas a ver a Pelaya y Petronila, verlas coser y preguntarlas por Gelines, ir a la tienda de Lici a comprar galletas, charlar con doña Celia y sus hijos Oscar y Fredi, llegar hasta la casa de Patro o de Turi, vamos, echar la tarde que se suele decir. Para mi ir a la corredera era como ir a un sitio lejano, me hacía sentir mayor el poder ir sola hasta allí. Curiosamente no sentía ningún miedo a hacerlo. Hoy en día me he vuelto mucho más miedosa.

A diario solía pasar por casa de Pilar a ver a mi tía que hacía las uñas en su peluquería, me daban alguna galleta, y veía como ponían guapas a las señoras del pueblo.

En la época de recoger piñas y leña para la lumbre, íbamos con mi madre, mi abuela y mi tía, al pinar de Adrados y junto con los padres de Maribel, Aurora y ellas, nos pasábamos la tarde recogiendo piñas. En casa la calefacción original era la lumbre, con el carbón y la leña, donde metíamos aquellos rulitos de ladrillo a calentar para poner los piesines cuando hacía frio. En años ya mucho más actuales se cambió al gas oil, pero vamos, nada que ver con el calor del carbón y la leña, que te calentaba varias veces, al cortarla, al apilarla y al echarla al fuego.

De pequeños aparte de lo que ya conté antes, al estar más entre chicos, no era raro andar detrás de los pájaros, renacuajos, ranas, lagartos, lagartijas o cualquier otro animalillo que tuviera la desgracia de estar por allí mientras trasteábamos. Cierto es que en aquellos años no se consideraba a los animales como hoy en día y les hacíamos más travesuras.

En casa del señor Juanito pasábamos muchas tardes, con él y con la señora Aurora. Nos tenía entretenidos a todos los niños subiendo y bajando cosas en el almacén donde trabajaba restaurando los muebles o los relojes (esto ya más su hijo Gelín), y cantábamos la canción de los piratas, ron ron ron la botella de ron. Anda que no lo pasábamos bien. Siempre estaban haciendo algo, pero les faltaba tiempo para parar y decirte algo en cuanto te veían. Juanito le tenía declarada la guerra a los bocadillos de nocilla, te decía, tira esa piedra. Fueron súper buenos con todos nosotros, lo que nos aguantaban. Casi siempre venía gente a llevarles muebles para restaurar o a comprarlos ya arreglados o a comprar cosas curiosas, que tenían varias. También venía a menudo Nisio, el de Voznuevo, con la gocha, como llamaba a la moto, que la tenía trucada y decía que era una Harley. Toda su vida trabajando a tope hasta su muerte. Qué grandes luchadores todos. El señor Juanito, a pesar de su trombosis, que le dejó paralizado un lado, tenía una fuerza de voluntad brutal y hacía muchísimos ejercicios para intentar defenderse; se enfadaba todo consigo mismo cuando te quería decir algo y no le entendías, aunque ya no se si por la costumbre o por qué, le entendías casi todo. Y Gelín, qué decir de Gelín, si después del brutal accidente que tuvo no se ni como era capaz de tenerse en pie y en cambio si no te lo decían no lo sabías. Tanto él como Tere solo han sabido que trabajar también durante toda su vida, tanto en el almacén como luego en la tienda. Ahora ya también está Ángel Carlos siguiendo la tradición familiar. Hay alguna anécdota que vivimos, pero que no se puede plasmar en público, porque puede que no haya prescrito y no la vayamos a liar, pero los que lo vivimos, sabemos muy bien que es.

Me acaba de venir ahora un recuerdo. Una tarde estábamos mi hermano, Ángel Carlos y yo, tirados en la cera como tantas tardes jugando y empezó Ángel Carlos a jugar con un pincharranas. Su padre no hacía más que decirle que lo dejase que al final la liaba y la lió. Se lo tragó y las pasó canutas hasta que después se lo sacaron. Nosotros solo nos reíamos, porque no veíamos lo que podía haber llegado a pasar si de verdad no hubieran logrado sacárselo; la inocencia de la edad. No puede ser una persona más buena Ángel Carlos.

Luego estaba la tía Nisa (y su marido el señor Ricardo), cómo no hablar de esta mujer, la bondad personificada, y cuánto nos quería a todos. Aunque he conocido a muchísimas personas buenas en mi vida, pocas habrá como ella. Jamás la vi levantar la voz ni decir una palabra mal sonante. En su casa todo el mundo era bienvenido. Vivía con su hija Mari y Gono, el cual vendía piensos. A mayores estaba su hija Nisi, que con Senen y su hija Belén llevaban y llevan el hostal de su mismo nombre, que ya son años de duro trabajo. Bueno, Belén posteriormente añadió junto con Fredi a esta tarea, la de los materiales de construcción y la tienda de deporte. También estaba su hijo Cali, su mujer y sus hijos, que estaban en Madrid. Todos muy buena familia.

Uno de mis buenos recuerdos lo tengo el día de mi comunión, celebrada en las Canteronas, por aquel entonces regentada aún por Mari Paz, la madre, qué gran mujer y qué alegría desbordaba siempre. Allí celebramos la comunión de todos, era el mejor sitio de Boñar para hacerlo.

Los inviernos se nos hacían eternos y también los veranos. Si lo piensas ahora, que se pasan los días y no los ves, es para matarte entonces que te quejabas porque no acababan nunca los veranos.

Las pandillas de jóvenes eran tremendas. En invierno solo los del pueblo, y en verano que se multiplicaba la población una barbaridad, crecían en consonancia.

La de broncas que me llevé yo en verano porque mi padre se empeñaba uno tras otro en que había que ir a leña, cortarla y apilarla, en vez de dejarnos ir a la piscina y a jugar como queríamos. Incluso recuerdo un castigo que me llevé por una tarde en la que debía ir a esa tarea y en vez de eso me fui a casa de mis amigas las de Moreda a hacerme trenzas toda la cabeza, lo contenta que volvía yo con mi pelo todo trenzado y la que me calló por desobedecer. Qué mal llevaba yo aquellas tardes de leña.

En Boñar te relacionabas con las mismas personas desde que empezabas en parvulitos hasta que llegabas a COU, porque todos estudiábamos allí y porque nos íbamos juntando con los de nuestras edades. La etapa inicial de las escuelas ya la conté. El siguiente paso era ir a Valles, ahí estabas hasta octavo de EGB, momento en el que pasabas al instituto de las Eras para el bachiller y el COU. Luego ya era, o te ibas a la Robla  a estudiar FP, o la universidad a estudiar una carrera, o te ponías a trabajar. En mi caso, al tener dos hermanos mayores, tuve la suerte de tratar con varias generaciones diferentes, y también siempre me gustó estar con gente mayor que yo, así que, suelo recordar bastante a los de más edad, y no así tanto a los más pequeños.

De la época estudiantil no tengo así recuerdos muy llamativos, salvo las tardes en casa de Yovy preparando trabajos, las clases de “ballet” con Mamen, si se le podían llamar así, así como las funciones que hacíamos al final del curso, las tardes en el patio de Estela preparando bailes, los bailes que se marcaban los chicos de la época de mi hermana en las canteronas, tipo Grease, que eso mejor deberían contarlo ellos y no yo, aquellas funciones en el bajo del instituto, o aquellas partidas de pin pon, los diferentes viajes que organizaban a los que nunca pude ir porque mi padre no nos dejaba, de hecho el primero al que pude ir fue en COU a las edades del hombre en la catedral, ir y volver en el tren y a casa, vamos, todo un triunfo. El cola cao calentín que me tuvo que dar en un recreo del instituto la abuela Conce de Yovy porque no me encontraba bien. Vamos, no hay muchas cosas que se me hayan grabado en la mente, básicamente porque mi ocupación siempre fue estudiar, estudiar y más estudiar, poco más hacía.

Quizá los mayores desplazamientos o actividades que realicé fueron gracias a don Carlos, que entre las excursiones que nos preparaba y las pelis en el salón de actos de la iglesia, nos tenía bastante entretenidos y controlados a todos. De lo bueno lo mejor don Carlos. Sus tirones de mofletes eran totalmente perdonados por todo lo que nos quería a todos. Lo que nos aguantó y nos sufrió.

Los domingos por la tarde nos permitíamos el lujo de salir a dar un paseo a la plaza o al soto, y luego ir al Viejo a comernos las súper hamburguesas que hacían.

Mis últimos años por Boñar, los ratos libres principalmente los  pasaba con Lourdes y Ana Micaela haciendo muy buenas caminatas, quizá a partir de ahí comencé mi afición por caminar a buen ritmo, aunque eso es algo que siempre he hecho, porque había que seguir el de mi padre y todo se pega (eso, la puntualidad excesiva, la organización y meticulosidad….).

Los veranos ya eran otra cosa. Por suerte, las obligaciones (como la leña), eran muy pocas y la mayor parte del tiempo lo dedicábamos a disfrutar. Las tardes eran rutinas, ir buscándonos unos a otros, hasta recopilar a toda la pandilla, enfilar al Soto y a la piscina. Mira que no hacíamos largos Elena y yo en el agua, un no parar. Íbamos en bici o andando, normalmente andando. Por aquellos años no existían los móviles y curiosamente todos nos encontrábamos y llegábamos a tiempo, nadie se perdió nunca. Salíamos de la piscina y al soto, a ver los partidos de baloncesto, de fútbol, de fútbol sala, los bolos, o sentarnos donde la ermita que ya no está. Anda que no hicimos horas viendo los partidos en el soto. Menudos campeonatos se organizaban todos los veranos. Las tardes te cundían una barbaridad. Cuando no estaba tarde de piscina o de Soto, nos íbamos a la plaza, debajo del negrillón a pasar la tarde. Luego a casa, cenar, ducharse, y ya cuando se nos permitió, a algunos antes que a otras, salir por ahí de fiesta. En mi caso ya a partir de los 16 años y porque iba con mi hermana, sus amigas y amigos (a los que les tocó cuidarme) y por aquel entonces solo hasta las diez, luego ya se fue ampliando un poco y llegamos hasta las tres y media máximo, todo un logro. Considerando que con 17 me fui a la universidad, mi época de salir no fue muy amplia en mi juventud. Lo más esperado del verano siempre era la semana de las fiestas, porque ahí poco entrabas en casa, era un no parar (bueno, teniendo en cuenta los horarios permitidos, claro está). Por el día multitud de campeonatos y torneos, por la tarde noche las carrozas, salíamos a los bares del centro, de ahí a la bolera, la orquesta de la plaza, a la Old Victor y a Mi Vida Loca (la cuadra). Las fiestas de la espuma eran increíbles. Si los lugares hablasen de todo lo vivido en Boñar en aquellos años, madre mía de mi vida lo que podrían llegar a contar. Fueron los mejores años de Boñar con diferencia, había gente, había buen ambiente, había trabajo, había de todo. Todas las personas que lo vivimos podríamos escribir y no parar (y yo era de las que menos experiencias tenía, así que, imaginad lo que pueden llegar a contar todos los demás; creo que alguien debería recopilarlo todo).

Mis años de Boñar siempre serán los mejores de mi vida.

Como ya he señalado con 17 años llegó la hora de irse a la universidad, en mi caso a Valladolid. A pesar de ello, en vacaciones y en verano volvía al pueblo hasta los 20 años, momento en el que mis padres ya se vinieron para León y entonces cambió otra etapa de mi vida. El primer año allí fue muy duro por varias circunstancias que pasaron y que no voy a plasmar aquí, solo las saben mis más allegados y ahí van a quedar, gracias a Dios que estaba conmigo mi madre, sino no se que hubiera sido. También nos acompañó mucho Anabel, sobre todo a mi madre, y eso se lo agradeceré eternamente. A pesar que la mayor parte de la gente dice que los años de la universidad fueron los mejores, yo no puedo decir lo mismo. Para mi fue mucho el estudio y el esfuerzo y bastante poca la diversión. No los llevé demasiado bien. Tuve la suerte de conocer a algunas personas increíbles, que a día de hoy son grandes amigos, gracias a los cuales lo llevé mejor. Hubo momentos buenos, no lo voy a negar. Es una etapa que cuando la acabé dije que no volvía a coger un libro en la vida de lo quemada que terminé e incluso señalaba que solo me había quedado una neurona que se había ido ya por desgaste al Caribe a ver si recuperaba y nunca más volvió. El caso es que desde entonces he seguido estudiando y sacando varios máster y cursos, vamos que, tengo unos vicios muy malos. A cada uno nos da por una cosa, supongo que es lo mejor que se hacer, estudiar. Si hubiera sido capaz de centrarme en una oposición, hoy en día viviría mucho más tranquila. La verdad es que desde que acabé no he vuelto a Valladolid. Durante muchos años no fui capaz ni de planteármelo; ahora pienso que un día de estos me acercaré a pasear por sus calles, como la calle Santiago, la Plaza Mayor hasta la Iglesia de San Pablo, el paseo Zorrilla y el de Recoletos, y tantos otros lugares del centro que recuerdo bonitos. Digamos que fue el sitio equivocado en el momento equivocado.

De ahí volví a casa y comencé a trabajar en el banco, donde llevo 23 años, por distintos lugares. He tenido la oportunidad de conocer lo mejor de la profesión y lo peor, así como cantidad ingente de bellísimas personas y algunas no tanto. Por suerte, en cuanto a las personas, lo bueno siempre ha compensado con creces a lo malo. Hasta incluso tengo una carta remitida al servicio de atención al cliente a mi favor que guardo como oro en paño de la emoción que me causó.

A lo largo de la vida vas atravesando etapas en las que vas conociendo a diferentes personas. En mi caso, por mi carácter, me cuesta mucho abrirme a terceras personas, quizá sea el carácter leonés, o quizá sea que me cuesta confiar en la gente, pero aún así lo he hecho más de una vez y más de dos y me he llevado bastantes porrazos. Con los años cada vez vas seleccionando más a quien dejas acceso a tu vida. A pesar de todo, puedo decir que tengo mis amistades de toda la vida que no cambiaría por nada del mundo y otras que se han ido añadiendo y quedado conmigo. El resto han pasado a ser conocidos con los que si te encuentras quizás pares un poco más a hablar, no todo el mundo puede quedarse. Las personas van y vienen, pero las auténticas relaciones permanecen aunque no te veas en años y cuando te ves, es como si hubieras estado el día anterior con esa persona.

Si que es cierto que según vas cumpliendo años vas viendo las cosas de manera diferente. Antes dabas importancia a cosas que ahora ya no se lo das. Lo importante pasa a ser tener salud, estar lo máximo con la gente que quieres, ignorar el daño que te hacen las diferentes personas con las que te cruzas en tu andadura, allá cada cual con su conciencia, vivir y dejar vivir, e intentar ser lo más feliz posible, porque el tiempo pasa tan sumamente rápido y los momentos buenos son tan efímeros, que dejas de dar importancia a tonterías y te centras en exprimir lo que puedes aprovechar. Que hay personas que te dejan de hablar y no sabes por qué, antes te preocupabas, dabas millones de vueltas a la cabeza pensando qué habías podido hacer mal, para nada, porque nunca lo llegas a saber y ahora dices, ah, que ya no me hablas, pues hala, tú mismo; que pasa el tiempo y me vuelves a hablar, pues si me apetece te hablo, pero sin más y sabiendo con quién me juego los cuartos. Las cosas pasan por algo y las personas que se quedan o se van también, no hay que darle más importancia que la que tiene, que es ninguna. Que viene una racha mala, si eso es lo normal, pues aprietas dientes y a tirar para adelante, que no queda otra, y si ha de ser el final, pues que sea, si total no lo vamos a poder cambiar.

Cada vez me cuesta más asimilar las pérdidas y las sufro más, supongo que precisamente porque según te vas haciendo mayor vas viendo que el final se va acercando para todos y como para eso nunca nos han preparado, pues te va minando. Qué pena que no existiera el botón para apagarnos todos a la vez.

Yo he encontrado mi paz en la montaña, en el mindfulness, pero sobre todo en estar con quien quiero estar. A veces sirve, a veces no, pero es lo que hay, no se puede luchar contra los elementos.

Y hasta aquí este relato de mis 47 años de vida, porque por ahora no se me ocurre qué más contar, dentro de lo que se puede escribir, porque hay cosas que han de quedarse en el interior de uno.

¡A por los siguientes años y experiencias – Ojalá que se presenten bonitos y entrañables!

39 comentarios sobre “Mis 47 Años de Vida Boñaresa

  1. This is a great account of your life, dear Teresa, I loved to read it. And the photos are very nice too, especially of the little girl you once were, a little angel, apparently.

    «Escribir implica recordar y que no se olviden los recuerdos, por eso voy a tratar de retrotraer mi memoria e intentar plasmar aquí todo lo que mi mente aún no ha eliminado, para evitar que esto también se pierda y así, si alguna vez dejo de ser yo, poder leerlo.»

    «Writing implies remembering and not forgetting memories, that is why I am going to try to go back in my memory and try to capture here everything that my mind has not yet eliminated, to prevent this from being lost as well, and thus, if I ever cease to be I can read it.»

    This is exaactly the reason why I write, too, nothing needs to get lost. Everything will be kept in good memory.

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      1. Es increible Tere ( antes » Teresina»), ver con q detalle recuerdas to do. Una gran andadura por los años, que me han llevado al pasado y me han hecho revivir momentos únicos. Tengo que decir que fuisteis mucho más que unos vecinos. Vuestra familia siempre ha sido un apoyo para nosotros y vivimos juntos experiencias inolvidables; ahí es donde se sabe con quien puedes contar, donde reside la solidaridad del ser humano y a quien debes llevar en tu corazón para siempre. Mi agradecimiento a tu familia y a la vida que nos dio la oportunidad de crecer juntos. Boñar, como tu dices siempre te enseña algo, somos muchos los que descubrimos que caminar por sus montes es una cura para el alma. Gracias por esta vuelta al pasado Tere. Sigue tus pasos y dentro de unos años cuentanos a donde te han llevado.
        Un beso. Mayte

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      2. Muchísimas gracias por tus palabras Mayte. Estoy de acuerdo, nuestra unión es más que de vecinos, somos más una familia. Estoy muy orgullosa de las personas que formais parte de mi vida. Os queremos mucho. Porque vivamos otros tantos años juntos y bien. 😘😘

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  2. Interesting, your grandfather Baltasar. My grandfather (from the father’s side) used to pat my head and say, «Nice little boy, good little boy». He had wanted a boy as his first grandson but I was a girl, the firstborn grandchild. He simply could not get acquainted to the idea that I was not a boy ….

    I have no recollections of that episode, I was too little then – but my aunt Thea told me this story many times, later, and she always laughed about it. «Olivia, nice little boy, good little boy …» It was an endless source of mirth for her.

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  3. He disfrutado inmensamente con la lectura de tu Biografia.
    Te felicito por lo bien que es cribes tu narracion rezuma naturalidad y haces que el
    lector vaya viviendo tu vida a tu lado. En los ratos que el trabajo te lo permita debias dedicarlo a escribir
    Un abrazo lleno de admiración y mi enhorabuena

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  4. Quiero decirte que a sido un honor conocer una persona tan buena como tú. Me a encantado tú historia.y como la has narrado. Eres maravillosa Teresina. Un besazo enorme. Tenemos u café pendiente 😜☕

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    1. No, sorry. Of course I will comment. It’s that I don’t speak languages ​​like you and I have to use a translator and it is very difficult for me to translate the complete texts. I wish wordpress had the translator built in. I promise to comment as well.

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  5. Me ha encantado. Tenemos casi la misma edad. Yo estuve de panadero en Boñar los veranos con mi primo Pepe desde los 14 años hasta los 18. He leído todo el relato buscando tu mención, jajaja.
    De verdad, me has hecho revivir mi Boñar de siempre. Gracias

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    1. Ainssss es verdad, se me olvidó poner esas visitas a por el pan, que siempre me regalábais un colín y me lo iba comiendo de camino a casa. Millones de gracias por escribirme. Lo tendré en cuenta para el siguiente escrito. Un fuerte abrazo

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  6. Hola Teresa,me ha encantado tu biografia.El unico pero que te pongo es que no te recuerdas de mi y mi familia cuando relatas a los vecinos que tenias,seguramente sera que no tienes buenos recuerdos mios😂😂😂.
    Vivíamos en la casa de frutos,en el primer piso y encima Casilda.
    Estuvimos hasta el 82 que marchamos para la casa nueva que hizo mi padre.
    Me acuerdo que tu madre me cortaba el pelo en vuestra casa.
    Te comento esto como una anecdota mas.
    Un saludo rubia😘😘

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      1. Hola,Teresa,soy Miguel Ángel Robles Sánchez,hijo de Eli el velero y lali (Lidia).
        Este verano nos vimos en el cementerio yo estaba en el panteon de mis padres y viniste a ver si tenia unas tijeras o destornillador creo recordar
        que os hacia falta,me parece que estabas con tu hermana y tu madre no me acuerdo muy bien.
        Un saludo.

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      2. Madre mía, pues te juro que no recuerdo para nada cuando vivíais donde Frutos. Cómo no me voy a acordar de vosotros. Sois una familia a la que siempre he apreciado muchísimo. Tus padres eran bellísimas personas y vosotros sois iguales que ellos. Pues ni mi hermana ni mi madre caían tampoco. Pero mi madre ya olvida algunas cosas. Todos mis recuerdos respecto a vosotros no es que sean buenos, es que son mejores, pero fíjate que lo de la calle no hay manera que me venga. ¿Te acuerdas en que año dejásteis de vivir allí? Mi cabeza ya tiene muchas lagunas, perdóname 🤦‍♀️

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  7. Hola! Llevo tiempo desconectada del mundo digital, como ves tanto para no haber leído este post hasta ahora mismo. Lleva un rato, es largo, pero preciso, muy intenso para los que crecimos en el mismo lugar, toma tiempo para enredarnos entre recuerdos semejantes y personas queridas que nos unen. Aunque, geográficamente, tu y yo vivimos la infancia en lugares distintos ( leyéndote me doy cuenta del enorme universo humano que era nuestro Boñar en los 70′-80′), me has inundado felizmente de infancia, primavera y tiritas en las rodillas.
    Un beso.

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    1. Hola guapísima, que sepas que te he echado de menos; como yo también me he salido de las redes sociales, no tenia la oportunidad de preguntarte qué tal estabas, cómo va tu fibromialgia; espero que hayas estado desconectada porque estabas viviendo a tope y no porque tu salud te haya tenido apartada de todo. Me alegra mucho saber de ti y sabes que aprecio mucho que me leas y tus palabras. Un abrazo enorme

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